Viaje al Campo Santo original

Las Catacumbas de Roma aguardan una nueva festividad del 1 de noviembre alejadas del ruido de miles de turistas y peregrinos

Este otoño de 2016 no pasará a la historia por el rigor de sus temperaturas en la ciudad Eterna. En año de peregrinación hasta la Basílica de San Pedro, las catacumbas se convierten casi en un aislado rincón de paz que apenas se alterará con la celebración – un año más desde hace siglos – del Día de Todos los Santos.

Silencio. Mucho silencio es lo que transmiten las catacumbas de Roma. Algo que es normal habitual en cualquier cementerio del mundo se vive aún más intensamente si cabe a 10 metros bajo tierra. El recogimiento es total e intimidante para los recién llegados. Apenas algo de frío, tierra, luces aisladas y sombras entre tumbas alojadas aquí desde mediados del siglo II. Estamos en las tumbas de San Calixto, en la Via Appia Antica de la Ciudad Eterna. Alejados de un centro que el consagrado como Año de la Misericordia ha convertido en un carrusel de peregrinos – pañuelo amarillo al cuello – y turistas. Ambos colectivos se cuentan por miles y se mueven por bandadas por las calles romanas.

A las profundidades con humor

El particular Cicerone en este bosque de pasillos es un sacerdote español que comenta no sin cierto entusiasmo cómo aquí se enterró hasta a 16 Papas y centenares de mártires y cómo reciben su nombre del diácono San Calixto, designado por el Papa Ceferino en el siglo III  administrador de lo que vino a ser el cementerio oficial de la Iglesia de Roma. El primero de los cientos de miles que hoy surcan todo el globo.

Y hay que tener entusiasmo para descender cada día con los turistas a un complejo con 20 kilómetros de galerías y hasta 20 metros de profundidad. En su interior no hay espacio para lo morboso o lo macabro y sí un silencio inspirador si acaso roto por los juegos con el eco de algún turista gamberro. El sacerdote regaña en voz baja sin demasiados aspamientos.

Unos escalones de ladrillo enmarcados en lo que parecen ser restos de inscripciones forman el dintel de entrada a un submundo que hasta que los bárbaros arrasaron Roma permaneció repleto de reliquias reverenciadas por lo primeros cristianos. Ante el acoso invasor, los restos de santos se guardaron en el interior de la ciudad y las catacumbas se sumieron en un olvido tal que no se sabía ni donde se encontraban realmente.

Fue en estos subterráneos, hoy rehabilitados y convertidos en polo de atracción turística de segundo grado donde arrancó el culto cristiano a los muertos. Es cierto que las necrópolis son tan antiguas como la historia de la humanidad pero éstas, subterráneas y alejadas de la vista de los poderosos emperadores, fueron las primeras en las que se rindió homenaje a los perseguidos, a los fallecidos por su fe. A aquellos que más adelante se convirtió en santos consagrando un día para cada uno y, más adelante, generando un día propio para todos los fallecidos ante la falta de jornadas en el calendario.

Tutti i Santi

Ognissanti o Tutti I Santi. Así es como se denomina la celebración del 1 de noviembre en Italia donde aún conserva su carácter familiar. Aunque existen amplias diferencias por regiones, la reunión de toda la familia ante la mesa y la visita a los campos santos son las tónicas predominantes entre nuestros vecinos transalpinos. En toda Italia se repetirán escenas muy similares a las españolas, con los cementerios atestados de flores, visitas y coches.

¿Y en las catacumbas, cómo se vivirá? Pues con entusiasmo y oración. Y eso sí, remarca nuestro guía, el lugar donde empezó todo lo vivirá un año más en pulcro silencio.