¿Tenemos que “programar” a nuestros hijos?

El exceso de oferta y propuestas de formación multiplica las opciones y también las dudas de los padres.

“El futuro está en la robótica, hay que llevar al niño a clase de robótica”; “Sin lugar a dudas el chino es el idioma del futuro”; “Tiene que ir a cuantos más deportes mejor”; “Ordenadores, informática, big data y todo eso”… La época estival es proclive a las conversaciones entre padres sobre las futuras actividades extraescolares de sus vástagos (curioso como el término extraescolares no se refiere a nada que tenga que ver con la casa o la familia estando, como suelen estar, fuera de la escuela). Y ahí se desatan las apuestas.. y los dolores de cabeza de los progenitores. Suelen ceder en una, máximo dos actividades semanales a voluntad de los niños pero luego.. luego entra el concepto “disco duro” entre los padres.

Como si los hijos fueran un ordenador (antigua CPU, nadie ya la conoce por ese nombre) hay que meterle toda la información útil posible. Y cuando hablamos de toda es toda. Las tardes se convierten en maratones al volante para llevar al niño de inglés a informática pasando por judo, arterofilia y sepa usted qué más.

“Es por su bien, todas las oportunidades son pocas visto cómo está el mercado laboral”, razona un padre. Mercado laboral al que, como poco, les resta 20 años para acudir. 20 años en los términos de evolución digital en los que estamos es toda una eternidad. Prueben a viajar al 97 y pregunten por Facebook, twitter, los Iphone o Netflix. Prueben, prueben… ¿Qué necesitarán en el año 2037? Vaya usted a saber.

Conocer a ciencia cierta qué les requerirá el futuro a nuestros hijos es todo un ejercicio poco más que de prestigitación al alcance de muy pocos oráculos. Pero los artículos – como este mismo – llueven, arrecian. Arrecian los consejos bienintencionados, de amigos y familiares. También los de profesionales del mercado laboral, de la creación de empleo y de tendencias. Pero ¿y los niños? ¿Qué piensan? Ni robótica ni chino ni alemán salen entre sus preferencias para ocupar el tiempo libre. Ellos, como nosotros en su momento, son más proclives a bajar al parque, jugar con los amigos o – por qué negarlo – quedarse viendo los dibujos.
Todo lo que rodea a los padres en estos momentos, al menos hasta que los chicos llegan al territorio universitario donde son plenipotenciarios y buscan marcar su espacio a bocados si hace falta, es una inmensa válvula de presión. Malos padres y madres y madres serán si sus pequeños no hablan al menos tres idiomas y dominan todo los ordenadores como un programador.

Y la presión, por un maravilloso fenómeno a imagen y semejanza del de la gravedad, viaja en línea descendente hasta nuestros retoños creando unas agendas vespertinas sin parangón…y sin apenas tiempo para el disfrute. Por sus síntomas los conoceréis: merendar en el coche entre clase y clase, llegar a casa sin apenas hambre y con grandes dosis de sueño, jaquecas espontáneas ante el cúmulo de conocimientos y un largo etcétera que viene a impedir un crecimiento natural y razonable de nuestros infantes.
Dicho lo cual la duda permanece, el debate se enquista ¿Qué es mejor? ¿Una infancia activa en la calle, el parque o con la familia o una infancia cargada de conocimientos “que luego le serán útiles en su búsqueda de trabajo”?

Los más pequeños no saben cómo se dice “jugar” en chino, pero disfrutan jugando.