Sonrisas para una vida

Tres kilos doscientos y una buena mata de pelo. Con eso firmaban sus padres la promesa de una nueva vida. Lo cierto es que se fue algo más largo: tres quinientos y que el parto no fue nada sencillo.

Para empezar, se prolongó a lo largo de tres interminables dias en los que dilatar lo suficiente se convirtió en una utopía. Siempre falta ese “poquito más” que les llevara al paritorio. Después fue el parto en sí, que en su última recta presentó una velocidad inusitada. Tal que no dio tiempo a que el anestesista llegará con la epidural. Así que, de frente y sin escudo, la madre tuvo que soportar todos los rigores posibles para traer la nueva criatura al mundo. Y allí que salió, embadurnada de flujos varios, con su deseada mata de pelo negro y los ojos cerrados, achinados, como protestando de la expulsión de su paraíso acuático. Sudorosa y extenuada, ella lo recibió con lágrimas de alegría y rendición. El padre apenas quiso rozarla por miedo a romper algo, fuera el encanto del momento fuera la propia criatura.

Pasadas las primeras horas la matrona y la pediatra pasaron a la habitación donde dos grandes ramos de flores y unos globos de helio traídos por uno de los tíos señalaban el espacio de la nueva familia. Los padres cambiaron de cara cuando vieron como pedían amablemente a los familiares de la cama de al lado (una joven ingresada de 8 meses ante las repentinas contracciones) que salieran al pasillo. Nada más cerrarse la puerta corrieron la cortina que servía de biombo.

– ¿Cómo estás? – preguntó la matrona forzando una sonrisa.
– Bien ¿qué pasa? ¿es que le pasa algo al bebé? – inquirió a su vez ella sin poder esconder los nervios.
– Tranquila – terció la pediatra – no sucede nada grave.
– Pero algo pasa, si no no habrían venido así – cortó el padre serio.
– A ver… el bebé está perfecto. Todas las constantes, peso y reacciones son perfectamente normales. Sucede que… hemos encontrado algo inusual, no especialmente grave, pero que deben saber. Se trata de los músculos faciales. Están más encogidos de lo habitual – mientras hablaba la pediatra iba abriendo el brazo izquierdo donde llevaba unas carpetas con el logotipo del hospital, como colocándolos en el centro de la conversación.
– ¿Faciales? – a la madre le habían vuelto los sudores mientras miraba al bebé en la cuna.
– Digamos que puede estirar los músculos de la cara hasta cierto punto.
– ¿A qué punto?
– Diez mil sonrisas.
– ¿Cómo? Esto tiene que ser una broma – las pupilas del padre mostraban su maxima extension junto con una mueca de irritacion – .Quiero hablar con la dirección del hospital.
– Está en su derecho. Pero sepa que se han dado 5 casos constatados en el mundo. El bebé podrá sonreír diez mil veces en su vida. Pasado ese límite no podrá sonreír nunca más.

Ana, que así nombraron a la recién nacida, pasó los primeros meses de su vida entre las cuitas de sus progenitores. Pusieron un contador en su dormitorio y aquello se convirtió en una constante obsesión. A cada gesto del bebé se preguntaban si era o no digno de ser puntuado como sonrisa. No querían jugar con ella pero la niña no paraba de buscarles. Trataban de centrarse en caricias, besos y arrumacos mientras la criatura no podía evitar alegrarse al verlos cada mañana. Retiraron los colores alegres del cuarto que durante largos meses habían estado preparando con cariño. Grises, blancos, negros y morados fueron toda la paleta que se permitió en el hogar familiar. Y nada de juguetes con canciones o sonidos estridentes.

Al principio, diez mil les había parecido un número relativamente grande; el suficiente margen como para esperar en paralelo otras opiniones médicas o avances al respecto. Pero las enfermedades raras se quedan congeladas en el laboratorio por falta de recursos e interés.

El primer año se saldó con un resultado alentador: 400 sonrisas computadas (las muecas no se contaban). Algo que tranquilizó de alguna manera a los padres. Bueno, se dijeron, a este ritmo salen 25 años y hay que contar que cuando tenga uso de razón podremos conseguir que sea consciente del problema y evite las sonrisas ella sola.

Pero con el segundo año llegó el drama. Le pasó a la madre; un día mientras daba de comer a Ana en la trona, un trozo de pan resbaló por el babero. Iba embadurnado de aceite y estaba justo entre el brazo y el cuerpo. Cuando la madre, solícita, metió la mano para recogerlo y evitar que se manchara la ropa, Ana estalló a reír. Había descubierto las cosquillas. Cundió la alarma y mamá, presa de los nervios se puso a llorar mientras trataba de llevar la cuenta de las risas de la pequeña, alegre y feliz de su nuevo descubrimiento. De las 400 del primer año a las 1.200 del segundo. 1.600 con sólo dos años de vida.

A los colores oscuros le siguieron las ropas mullidas que evitaran los roces, las caras circunspectas y, obviamente, la falta de escolarización. Su hija no podía estar en un lugar donde no pudieran apuntar las sonrisas. Mamá y Papá se repartieron el plan de estudios y cada uno se preparó unas asignaturas mientras la pequeña ya era consciente de que las sonrisas no eran buenas para su salud con lo que estaban prohibidas en casa. A los diez años el contador marcaba 6.280, un número que si bien no era el deseado indicaba un cierto control sobre el asunto. Así que, cuando llegó el momento, decidieron junto con ella que podría acudir al Instituto.

Ana estaba pletórica; había conseguido convencer a sus padres de que sería una chica responsable y por fin se abriría a nuevo mundo más allá de sus primos – que siempre la miraban como una objeto raro del que no paraban de hablar los mayores con preocupación – y de los hijos de sus amigos de sis progenitores. Durante años, había entrenado una técnica para “sonreír para dentro”, como ella lo llamaba, con grandes resultados. Al igual que con las conversaciones en redes sociales, aprendió a expresar su felicidad sin una mueca de alegría en su rostro. En redes tenía un buen número de seguidores debido a sus chistes y sus comentarios certeros, algo que no dejaba de sorprender a sus padres. Sin embargo, el instituto demostró ser un lugar mucho más voraz. La “seca” la llamaron ennpocos meses. Y no hubo manera de acabar con el sambenito pues, pese a sus ingeniosas respuestas en contadas ocasiones la habían visto reír.  Pocos chicos se acercaban y tampoco contaba con afectos entre las chicas. Los profesores, informados por los padres sobre sus circunstancias, se mostraban afables y trataban de destacar en clase sus avances académicos puesto que siempre conseguía ser la mejor estudiante. El tiro salía por la culata y esas maniobras incrementaban su aislamiento e impopularidad. Ana no veía el momento de huir a la universidad y convertirse en un número. Un número más entre la muchedumbre. Con 7.600 sonrisas consiguió llegar a los estudios superiores. 18 años.

Que aquel moreno de ojos verdes sería su perdición lo supo nada más verlo O nada más oírlo para ser más exactos. Era increíble cómo un triste artículo de la Constitución recitado en clase podía resultar tan armónico salido de aquellos labios y arropado por ese acento andaluz. Se llamaba Sergio y era de Granada. Tenía unas pequeñas pecas bajo aquella mirada de mar y una sonrisa, él sí, que le desgarraba por dentro. 50 sonrisas invirtió ella en conseguir su afecto. Y lo consideró así, toda una inversión resuelta como estaba a no repetir lo del instituto. Mamá y Papá ya no estaban al día de su contador y tan sólo lo revisaban semanalmente con lo que ella podía repartir a su antojo las sonrisas libre. Siempre dentro de cierto orden, claro. A él le cautivó su profunda belleza y aquella socarroneria de gracias y puyazos sin reírse. Se conocieron en segundo y fueron inseparables durante toda la carrera.

Con 28 años Ana y Sergio crearon su propio bufete y se casaron. El contador iba por las 9.400. No sin cierta dificultad, Sergio afrontó la extraña dolencia de la que ya era su esposa y trataba de cooperar en la contabilidad. Cierto es que de vez cuando añoraba la época de noviazgo donde Ana era mucho más risueña y desenfadada. Pero el amor que compartían era igual de intenso que el primer día. 5 años más tarde, con el bufete ya consolidado y varios empleados, se plantearon buscar el bebé.

– ¿Y si lo mío es hereditario? ¿y si tenemos una criatura pendiente como yo de una libreta toda su vida?
– Ana, déjate de tonterías. Ni tu padre ni tu madre, ni tus tíos ni tus abuelos la tuvieron. Además, los médicos nunca la han vinculado a temas hereditarios. Y te digo más, firmó ya una hija como tú.
– Tu no sabes lo que dices.

Con 34 años y 9.900 en el marcador Ana recibió la noticia de su embarazo. Y pudo a duras penas evitar sonreír durante los nueve mese de embarazo. Con 9.980 acudió a parir. A diferencia de su madre el de Ana fue un parto rápido e indoloro. La epidural llegó en tiempo y forma y la criatura casi a los cuatro kilos. Era una niña larga y pelona, con unos grandes ojos saltones que, junto con una gran sonrisa, fueron lo primero que sus padres le vieron al nacer. Las sonrisas 9.981 a 9.995 se emplearon sólo en aquella jornada. Nada ni nadie pudieron frenar a aquella madre entregada en cuerpo y alma a un bebé tan deseado. Al día siguiente, cuando los médicos le dijeron que la niña era perfectamente normal y no contaba con ninguna enfermedad, la madre estalló de alegría.

– ¡Ana! ¡Ana! ¡Para por favor! No podrás sonreír más, cariño – le dijo Sergio al pie de la cama.
– Todo lo contrario, mi última sonrisa no se borrará nunca. Me quedaré con ella toda la vida.

Por eso, cariño, la abuela jamás dejó de sonreír hasta el último de sus días y tu y yo nos llamamos Felicidad.