Reducir la huella de carbono

Nuestro maltratado planeta Tierra nos está pidiendo a gritos reducir la huella de carbono.

Dejar huella siempre se ha asociado a una idea positiva: la de legar nuestra impronta para la posteridad. Sin embargo, si de CO2 se trata, lo mejor es no dejar rastro alguno.

¿Qué es y por qué hay que reducir la huella de carbono?

Te lo aclaramos: este concepto mide el impacto de las actividades humanas, individuales o colectivas, en la cantidad de dióxido de carbono que se emite a la atmósfera.

La cantidad máxima aconsejada es de 2 toneladas anuales por persona, aproximadamente. Sin embargo, la media actual a nivel mundial duplica esta cifra, aunque con diferencias notables entre países.

A lo mejor piensas que poco tienes tú que ver con ese desorbitado aporte de CO2. Lamentamos decirte que te equivocas. La aportación personal por la actividad de cada individuo se calcula en un 45 % del total emitido.

Reducir esas cantidades nos beneficia a todos, no solo a nivel colectivo, sino también en el ámbito de la salud individual. Desde luego, nuestra madre Tierra, la querida Pachamama, te lo agradecerá y pagará con creces. Todo lo que hagamos por ella es siempre poco.

Pero ¿hay algo que podamos hacer?

De hecho, es mucho lo que puedes hacer, tanto personalmente como a nivel grupal, en diversos ámbitos (transporte, consumo de energía, alimentación, tratamiento de residuos…)

Algunas sugerencias:

Son numerosas las medidas que puedes adoptar para reducir tu huella de carbono. Te sugerimos algunas:

– Realizar los desplazamientos cortos a pie, en bicicleta o en transporte público o compartido.

– Bajar en un grado la temperatura de la calefacción.

– Para refrigerar, mejor los ventiladores.

– Apagar las luces innecesarias.

– Reducir la temperatura del agua caliente (aconsejado incluso por razones de salud circulatoria).

– No dejar los aparatos electrónicos en modo espera.

– Desenchufar el cargador del móvil cuando ya esté totalmente cargado.

– Consumir productos locales y de temporada.

– Adquirir solo los alimentos que se vayan a consumir.

– Reciclar los desperdicios orgánicos convirtiéndolos, por ejemplo, en abono para las plantas.

– Evitar el desperdicio de agua: mejor ducha que baño o cerrar el grifo durante el lavado de los dientes.

– No recurrir, si es posible, al agua embotellada.

– Utilizar tanto la lavadora como el lavavajillas cuando estén llenos.

– Reciclar envases y papel, evitando las bolsas de plástico en la compra.

Sencillo, ¿verdad? Hasta un niño puede hacerlo. Son precisamente los niños, los adultos del futuro, quienes más se van a beneficiar de todas estas medidas.

Es urgente que todos nos concienciemos del perjuicio que suponen las emisiones de gases tóxicos a la atmósfera. Medir las nuestras propias (hay páginas web donde podemos hacerlo) nos puede ayudar a convencernos de lo necesario que es reducir la huella de carbono.