Expedición al corazón genealógico

¿Buscando emociones fuertes? ¿Un verano tras tu propio yo? El mejor museo antropológico de tu mundo no está tan lejos, la entrada es gratuita y tienes las llaves al alcance de la mano

VERANO

Parafraseando el coloquialismo, quien tienen unos abuelos tiene unos tesoros. O los tuvo y aun retiene. La casa de unos abuelos manchegos, aún deshabitada, conserva viva la historia familiar a lo largo de una inacabable serie de retratos y decenas de armarios abarrotados. Es nuestro museo madre, tan denostado en ocasiones como de obligado paso para saber de nuestros orígenes y reconocer que más pronto que tarde “habría que hacer algo con la casa, que es una pena que esté así”. Frase que por mil veces repetida no inducirá a la acción por parte de ninguno de los implicados. Son los otros viajes del verano.

El primer sentido en percatarse de la entrada a la casa es, inevitablemente, el olfato. La nariz se impregna de notas de humedad, madera, algún elemento rancio y telas y ropajes abandonados a su suerte. De tener un olor, así oleria la historia. Estamos en el umbral y los recuerdos de la infancia se apresuran a recibir a los visitantes. Que cómo tu por aquí, que cuánto tiempo hacia que no aparecías, que vaya altura has tomado ya. Los recuerdos son así, te ponen delante de un espejo en el que tu imagen es mucho más pequeña y hay cierta bruma.

El vestíbulo ahora es más pequeño pero se observa espacioso, nada que ver con el atasco de gentes pretérito. Suelo hidráulico, cuadros de dudosa calidad, marcos superlativos… y algún animal disecado o de plástico que no acabas de reconocer ahí. En esta aventura las linternas tampoco es que sean obligatorias toda vez que basta con alcanzar la cuerda de la persiana, sucia de polvo y telarañas, para a base de arreones dar luz a la estancia. Con los repentinos rayos de sol la casa despierta a la vida, descubriendo alguna cosa por el suelo, cierto libro descuidado, una telaraña que no habías advertido y el brillo de decenas de marcos de fotos arracimados en mesas y mueble del salón. De entre la oscuridad emergen caras de todas las edades en bodas familiares, comuniones, bautizos… también son habituales las instantáneas de las orlas por los títulos educativos alcanzados. Caras con los ojos bien abiertos y sonrisas con frecuencia forzadas condenadas a la penumbra.

Pero si andas en busca del tesoro, en toda casa de abuelos manchega que se precie existe una cámara (piso superior donde se guardaban conservas y aperos) un patio o unos armarios de puertas altas atiborrados de elementos muchas veces inútiles o inutilizados por el tiempo. Pero también, entre camastros, jergones, juguetes infantiles dignos de un peli de terror, se encuentran jofainas, botellas de cristal irrompibles apiladas a la espera de destino, imágenes en blanco y negro, vajillas y cazuelas de gran tamaño, elementos de labranza o baúles artesanos primorosamente decorados que esconden trajes y recuerdos. Los abuelos no están, pero cuesta no verlos y no oírlos hablar desde la cámara. Piden que les lleves algo, que tengas cuidado con donde pisas, que pases un gran verano.